Viajando por Chile

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Es inusual partir por tierra al extremo norte de Chile. Pero la idea en sí misma, me mata. Eso de andar hasta que simplemente paras, conoces, preguntas, llegas a hoteles sin reservas. Eso para mí es viajar libremente.

Esa mañana de día lunes, salí de Valparaíso sin el más mínimo asomo de apuro, buena música en mi reproductor y la mejor onda en mi cabeza. Mi querido Alfa Romeo ya ronroneaba con la idea de hacerse a la carretera.

No soy de la idea de tramos muy largos, nunca más de 400 kms. Diarios, mi primera parada, La Serena. Siempre me alojo en el Hotel Club La Serena. Es muy agradable, en primera línea frente al mar, son como pequeños departamentos, pero sin cocina. La terraza se agradece, pues ahí ves transcurrir la tarde-noche como una película. Está ubicado en la Avda. del Mar, cerca del Faro. En la noche, una visita Sea Zen, que es de ésos restoranes endemoniadamente bonitos, buena cocina y la perfecta compañía de mi buen amigo Nico Jarufe, regente del lugar. A la mañana siguiente un opíparo desayuno en el Hotel y seguir rumbo norte.

El tramo siguiente de la carretera puede molestarte, si no eres un carretero Zen. Una sola pista y con arreglos y desvíos. A mí, me mató. Fue casi romántico salir de la comodidad de la super carretera de dos pistas para volver a manejar pasando camiones y calculando cada maniobra, a la antigua. Perfect.
Entré a Vallenar, no lo conocía, no me había perdido de mucho la verdad. Seguí mi camino hacia el sol, mi próximo destino, Copiapó.

El camino te pone en una escala casi ridícula frente al paisaje. Es de una inmensidad devastadora. Los matices de rojos y cafés sobrecogen en la tarde, es un espectáculo alucinante. Me parece que manejar en el desierto es una especie de terapia, fascinante.

Llegué a Copiapó, sorprendente ciudad construida literalmente en medio de la nada. Todo muy limpio, añosos pimientos suavizan el extremo paisaje. Me gustó Copiapó. Me sorprendió ver una ciudad sin prácticamente un solo rayado en sus murallas. Tampoco se veían quiltros en las calles. Vaya, sí que estoy forjado a fuego por Valparaíso. Tenía en mente visitar el Hotel Wara. Ahí se alojaron por más de un mes la troupe de actores que filmaron la historia de los 33 mineros.

Al llegar al hotel, que estaba literalmente al final de un camino, quedé mudo. Era de tal belleza inesperada que caí en una especie de trance. Al conocer a Susana Aránguiz, su diseñadora/constructora, completé la bella historia de amor de esta bella mujer y su sueño en medio del desierto. Tardó más de 6 años en construirlo, visionaria ella, comenzó por los jardines. Hoy, terminado este pequeño hotel es un poema. Está literalmente amasado. Ves en cada rincón un detalle que fascina.
Es como una pequeña villa, de 6 u 8 cabañas bellísimas. Cada una con íntimos jardines interiores y unos espacios increíblemente generosos. Tiene un precioso y pequeño restorán. Su cocina, mucho más que correcta. Los nombres de los platos hacen alusión a los actores que allí se alojaron. Sin querer irme de este paraíso perdido, partía a la mañana siguiente, con un sol delicioso, que me hizo recordar la naturaleza de este viaje.

Enfilé a hacia el Norte, en un corto tramo hasta Bahía Inglesa, la que tampoco conocía. Llegar a una bahía prácticamente cerrada, orillada por magníficas e interminables playas de arena blanca y fondo de mar color esmeralda era casi una epifanía. La pequeña costanera está llena de pequeños restoranes. Probé un ceviche de arpón, es decir, preparado con pescado de roca cazado con arpón. Fresquísimo, muy peruano, el lugar se llamaba Punto de Referencia o algo así. Muy bueno.

Al final de la costanera hay un hotel algo remodelado, que no logra esconder su antigua impronta. Coral de Bahía. Es de una pareja encantadora. El fue buzo, y producto de su esfuerzo, hoy procesa y exporta mariscos y pescados de la zona a todo el mundo. Hace unos años compró el hotel, y junto a su señora lo remodelaron por completo. Está justo frente al mar, tuve un desayuno trabajado y conversado con esta pareja en un lugar simplemente paradisíaco. Dormí maravillosamente bien en una muy cómoda y funcional habitación. Al día siguiente almorcé un magnífico lenguado. El restorán se especializa en cocina peruana muy bien lograda.

Como a las tres de la tarde volví a mi ruta tras el sol. Una breve pasada por Caldera, con su preciosa estación de trenes (la primera de Chile) hoy convertida en un Centro Cultural bellísimo. Mi idea era llegar a buena hora a Taltal, previo paso por Chañaral, que no se me dio muy tentadora en mi brevísimo paso por ella.

Ya cuando el sol casi se ponía, descubro la Playa Hippie. Vaya nombre, tentador. No pude evitar entrar a la mentada playa. No había absolutamente nada. Nada de Nada. Solo unos perfectos caminos de tierra y una gruta/animita. Las hay repartidas por cuan larga es nuestra carretera. Desde la Difunta Correa a la Virgen de los Rayos. Todo sirve para encomendarse a algún santo que lleve sano y salvo de vuelta a casa. Lo que sí había, era una puesta de sol que cortaba el aliento.

Llegué a Taltal como a las 20.30, ya de noche. Es una ciudad pequeña, ordenadita y bien mononita, como diría mi madre. No estaba para grandes búsquedas, así es que me aventuré al borde costero en busca de un hotel. Ahí estaba, en una antigua casona color azul paquete de velas, el Hotel Plaza. Como era de esperar, una vieja casona cuya reingeniería setentera u ochentera, trajo las bondades de las comodidades modernas a la casona. Barato, simple y cumplidor. Luego de un desayuno simple pero efectivo, seguí en mi viaje al sol, próximo destino, Antofagasta, cada vez más cerca del sol.

Aquí les dejo el dato de uno de los portales de hotelería más importantes, y que fue de gran ayuda para mi en este recorrido y siempre, es TRIVAGO, en este portal podrán complementar, comparar y cotizar una gran cantidad de ofertas hoteleras, para sus viajes, y no solo de Chile.


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